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  • Jorge Tamayo

El sueño de un pintor

Hace mucho tiempo o muy poco, o tal vez mañana, un pintor se encontraba muy cansado mientras trabajaba en su austero taller, cuando Morfeo le cerró los ojos para sumergirlo en un profundo sueño. Aquella noche, estalló ante sus ojos (aún dormidos), un inefable paisaje, cuya belleza y tranquilidad, le hacían sentir que quería vivir allí para siempre, pero fue tanta la intensidad y los colores del sueño, que hicieron que el pintor se despertara de hermosura.


Ya con la luz de un nuevo día, evidentemente más lúcido y descansado, pero vistiendo la misma ropa del día anterior y con los óleos aún frescos sobre su paleta, recordó lo que había soñado. Muy excitado por semejante revelación, abandonó todos los demás cuadros y rápidamente armó un nuevo y gran lienzo para empezar a pintar aquel paisaje revelado en su sueño.


Trabajó sin parar durante horas y días y semanas, poseído por la voluntad de Apolo y la embriagues de Dionisio, entre ensoñaciones y delirios, entre manos cansadas y un cuerpo ya rendido, finalmente y después de un tiempo indefinido, el paisaje de sus sueños aparecía sobre el lienzo.


El pintor, muy orgulloso de su creación (lo que pocas veces le sucedía), tomó la pintura entre sus brazos y salió corriendo para enseñársela a sus clientes y amigos, aunque en realidad tenía muy pocos amigos, y muy pocos clientes, o mejor dicho, no tenía ni lo uno ni lo otro. Pero esto no importó porque fue tal la admiración que despertó su obra, que la gente se amontonó alrededor para contemplarla. ¿Dónde existe ese lugar? ¿És el paraíso? ¿En la mente de ese pintor? ¡Debe estar loco! Decían frente a la creación. Entre los espectadores se encontraba un afamado y siempre ocupado comerciante, quien al ver la pintura supo que era el regalo perfecto para su hija cuyo cumpleaños se aproximaba y a quien en ocasiones sorprendía dibujando. Sabiendo que se encontraba frente al regalo perfecto, y que no podía dejar pasar la oportunidad (como todo buen comerciante), este le hizo una oferta al pintor, era una gran suma de dinero con la que le alcanzaría para vivir sin preocuparse por un año entero. Evidentemente el artista tenía algunas necesidades económicas (¿y como no? si había elegido vivir del arte), así que entre la duda y la tristeza por desprenderse tan pronto de su obra, hizo de tripas corazón y aceptó la oferta.


Aquel mismo día, cansado, abrumado y hasta algo arrepentido por todo lo acontecido, pero con una mochila repleta de dinero, se marchó súbitamente para hacer un viaje que le permitiera recuperar las energías que había gastado. Y así, sin rumbo fijo, el pintor viajó durante noches y días, por tierras desconocidas y muy lejanas. Hasta que una noche descubrió con asombro que muy pronto se le acabaría el dinero y que se acercaba el momento de regresar. A la mañana siguiente, antes de partir, decidió pasarse por un último lugar, que las gentes de la zona le habían recomendado visitar.


Hasta el cielo se escucharon los latidos de ese corazón, cuando el pintor con asombro, descubrió que ese último lugar, era el paisaje que había soñado.


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